Historia de algunos instrumentos de cocina cubanos y ... algo más
Prefacio
La cocina cubana, además de sus exquisitos platos, posee una apasionante historia colmada de anécdotas, leyendas, secretos, curiosidades y otros aspectos únicos que le otorgan el indiscutible mérito de sobresalir entre las mejores del orbe. En esta ocasión nos referiremos a un conjunto de instrumentos o aditamentos que, por su peculiaridad, ponen muy en alto la inventiva de nuestros coterráneos criollos y reafirman, una vez más, que más allá de las dificultades y las limitaciones materiales que puedan existir, la voluntad y la tenacidad de los cubanos superan cualquier obstáculo que se les presente.
La tinaja
Comenzaremos por mencionar uno de los recipientes más antiguos que utilizaron las familias cubanas para almacenar y servirse en las casas de agua potable: la tinaja.
La tinaja cubana, como depósito de agua potable, se remonta a la época colonial y fue empleada inicialmente en las provincias de La Habana y Camagüey, aunque luego se extendió al resto de la isla. Si bien no se cuenta con una fecha exacta de su origen, sí se conoce que esta tradición se fortaleció en el siglo XIX a partir de la venta del preciado líquido por parte del aguador, que recorría día a día con sus hermosos pregones las barriadas de las grandes ciudades.
Este recipiente era confeccionado de forma manual, en barro, en pequeñas alfarerías, y tenía diferentes tamaños y capacidades, con tapa o sin ella. Su principal característica era la de mantener muy fresca el agua en cualquier época del año y a cualquier hora del día.
La tetera o coladera de café
Otro aditamento muy cercano, en fecha de origen, al anterior era la tetera o coladera de café, de uso común en la mayoría de los hogares cubanos, fundamentalmente en las zonas rurales, donde se colaba el famoso café carretero.
Este utilísimo implemento culinario criollo consistía, esencialmente, en una manga o embudo de franela, ancha arriba y terminada en punta. A la parte superior se le colocaba un alambre en forma circular, al que se añadía una agarradera. Dentro de este embudo se ponían dos cucharadas de café molido por cada taza. En un jarro de aluminio se calentaba el agua, y cuando rompía el hervor, se vertía dentro del colador. Debajo del embudo se colocaba otro jarro con varias cucharadas de azúcar, donde se recogía el café colado. ¡El mejor café que nadie podría imaginar!
Como curiosidad adicional, podemos añadir que primero se sacaba un café sumamente fuerte y, después, a esa misma borra se le volvía a echar agua caliente para obtener un café más claro, llamado zambumbia, que se les daba a los niños, quienes a menudo lo mojaban con pan, deleitándose con una golosina exquisita.
El reverbero
El reverbero era un acompañante inseparable de la tetera de café en muchos hogares cubanos, utilizado principalmente para calentar el agua. Aunque su origen es más reciente, se usó muchísimo en los años 50 del pasado siglo. Era una pequeña hornilla que, en el centro, tenía una mecha de pabilo redonda que sobresalía de un pequeño tanque metálico al cual se le echaba alcohol. Esta mecha se encendía con un fósforo y resultaba muy útil para calentar leche, agua o incluso alguna cazuela pequeña con alimentos. Para apagar el reverbero se utilizaba una tapa de hojalata que cubría la mecha. Aunque era muy práctico y fungía, en aquellos tiempos, como un microondas, tenía el defecto de tiznar enormemente los jarros y cazuelas.
El encendedor de alcohol
Cuando había carencia de fósforos para encender la hornilla o el reverbero, la combinación perfecta era utilizar un encendedor de alcohol.
Este artefacto, muy simple aunque más sofisticado que los anteriores por emplear electricidad, se confeccionaba de forma rústica con dos alambres enrollados fijados a una tablita de madera y conectados a la corriente eléctrica. A estos enrollados se les deslizaba otro alambre en forma de espiral, con un mango de madera, que tenía dentro de la espiral una pequeña mota empapada en alcohol. Al hacer contacto, se producía una chispa que encendía la mota, y esa llama se utilizaba como encendedor. Cuando no se usaba, el alambre con la mota se guardaba en un pomito de cristal lleno de alcohol que se mantenía al lado.
El fogón “Piker”
Ya que de cocinas se trata, no podemos pasar por alto el famoso fogón “Piker”. En realidad, es algo inexacto el origen de su nombre, aunque muchos lo relacionan con el inventor de esta rústica cocina de dos hornillas que usaba como combustible la “Luz Brillante” o kerosene, y a la que se le debía echar un poco de alcohol para calentar sus quemadores.
Durante muchos años, esta fue la cocina que utilizaron —y sufrieron— muchos cubanos para elaborar sus alimentos, y no pocos fueron los accidentes ocurridos por su uso.
El fogón “Piker” resolvía muchos problemas, sobre todo a las familias más humildes, pero creaba otros que daban repetidos e intensos dolores de cabeza. Cuando, en plena cocción, se apagaba —y no pocas veces—, el humo que emitía se impregnaba en la comida, y el plato más exquisito no escapaba del intenso olor y sabor a “Luz Brillante”. Para volver a encenderla, había que esperar a que se enfriara y repetir, con mucha paciencia, el engorroso proceso de encendido.
Los cubanos, siempre con su chispa humorística, solían decir en el argot popular:
“…Si quieres ver a una mujer sufrir, regálale una Piker…”
La disquera
Pasando a un tema más agradable, nos referiremos ahora a un instrumento que pocos cubanos nacidos en el pasado siglo no recuerdan: la disquera.
Pero no, no se trata de una agencia musical como las que conocemos hoy, sino de un artefacto formado por dos platillos metálicos redondos que se cierran sobre un pan y poseen asas largas. Se utilizaba para preparar pequeños emparedados redondos y tostados, llamados popularmente discos voladores por su semejanza con los platillos volantes extraterrestres. Se colocaban directamente sobre las hornillas y ayudaban a las siempre ocupadas amas de casa a preparar las meriendas de sus hijos o los desayunos familiares.
Los discos voladores más populares eran los de queso o de guayaba, aunque podían tener múltiples variantes. Y cuando la cosa apretaba, simplemente se hacían con pan, aceite y sal. Para prepararlos, se empleaba el desaliñado pan que daban por la cuota en la bodega, que se transformaba, por arte de magia, en un exquisito manjar.
Aunque se dice que la disquera no es un invento cubano —sino proveniente de una compañía norteamericana de la década de 1940—, lo cierto es que jugó un papel crucial en la vida cotidiana de los isleños, y su recuerdo perdura hasta hoy.
La máquina de moler
Otro aparato inseparable de la tradicional cocina cubana, aunque últimamente ha pasado al “baúl de los recuerdos” debido a la crisis actual, es la máquina de moler.
Los cubanos que peinan canas recuerdan bien aquellas utilísimas máquinas manuales de metal que se empleaban para moler carne, maíz, pan, yuca y muchos otros alimentos, imprescindibles en las cocinas de nuestros padres y abuelos.
Servían para preparar los exquisitos tamales, el jugoso picadillo criollo, los infaltables buñuelos navideños o simplemente para moler café en grano y disfrutar del aroma incomparable de ese néctar imprescindible para todo cubano.
Según el humor popular, este instrumento tan valioso no solo servía para moler innumerables alimentos, sino también para ejercitar los brazos, pues después de unos cuantos minutos dándole a la manigueta, quedaban tan hinchados como los de un fisicoculturista.
El guayo cubano
Finalmente, sería imperdonable no referirnos a otro utensilio realmente insustituible a pesar del paso de los años: el guayo cubano.
Aunque no es exclusivo de nuestra isla y se usa en muchos países con otros nombres, este instrumento sirve para rallar vegetales, tubérculos, queso y otros alimentos esenciales en innumerables recetas. Se trata, en realidad, de uno de los artefactos más antiguos que se conocen en Cuba, pues ya nuestros aborígenes utilizaban un tipo de guayo para rallar la yuca con la que elaboraban el famoso casabe, uno de sus alimentos básicos. Esa tradición perduró a lo largo de los siglos y ha llegado hasta nuestros días.
Era muy común que en cada casa del campo cubano existiera un guayo rústico, confeccionado con un envase de lata cortado de forma longitudinal y reforzado con un marco de madera. Luego, con mucha paciencia, se le hacían pequeños orificios con una puntilla, siempre de adentro hacia afuera y en forma de espiral.
Con el paso del tiempo, esta práctica artesanal ha ido desapareciendo, pues hoy los guayos se fabrican con otros materiales, en diferentes tamaños y modelos, y se pueden adquirir en las ferreterías ya elaborados industrialmente.
Tan famoso es el guayo entre los cubanos que una popular agrupación musical se inspiró en él para crear una de sus canciones más conocidas, que alcanzó fama internacional:
“…Dile a Catalina que te compre un guayo, que la yuca se me está pasando…”
Epílogo
Cada uno de estos instrumentos encierra más que una simple función doméstica: son testigos silenciosos de la creatividad, el ingenio y la resistencia del pueblo cubano, que ha sabido transformar la escasez en arte y la cocina en refugio.
Son objetos que cuentan historias, evocan aromas y guardan recuerdos de un tiempo donde todo se hacía con las manos, el corazón y un toque de humor.
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