Prefacio
Ubicada a unas doce millas al este de la ciudad de La Habana se encuentra una de las playas más populares de Cuba: Santa María del Mar. Con sus diez kilómetros de fina arena blanca y aguas cristalinas, esta famosa playa contaba con numerosos atractivos turísticos, gastronómicos y recreativos que hacían que fuera visitada por miles de personas, tanto locales como foráneas, durante todo el año.
Entre estos atractivos sobresalía una cafetería que tenía el privilegio de estar situada muy cerca de un famoso hotel —llamado inicialmente Mar Azul y posteriormente Tropicoco—, así como de un complejo de canchas de frontenis cubano de 20 metros. A ello se sumaban una variada oferta gastronómica y un servicio de excelente calidad, razones por las que el establecimiento permanecía muy concurrido desde las primeras horas de la mañana hasta bien entrada la noche. Como complemento de su popularidad, en la parte posterior funcionaba además un centro nocturno que permanecía abierto hasta la madrugada.
Me refiero, por supuesto, a la cafetería Pinomar, con la que, estoy convencido, rendimos un merecido homenaje de cierre a esta serie.
Nostalgia por un titán de la gastronomía cubana
La otrora cafetería Pinomar de Santa María del Mar —hoy remodelada y convertida en una dulcería— fue testigo de encuentros memorables y momentos inolvidables para una gran parte de los habaneros que pudieron disfrutarla desde finales de la década de 1960 hasta principios del presente siglo.
Fue construida e inaugurada en 1967, con un diseño arquitectónico sencillo, rodeada por abundante vegetación tropical. En su interior destacaba una amplia barra que recorría casi toda la periferia del salón, rodeada de rústicas banquetas donde los clientes esperaban ser atendidos por un excelente equipo de trabajadores, siempre sonrientes y dispuestos a complacerlos hasta en los más mínimos detalles.
Una característica muy peculiar del lugar era que quienes llegaban cuando todas las banquetas estaban ocupadas aguardaban pacientemente detrás de los clientes ya sentados hasta que alguno terminaba y cedía su lugar.
Era muy común que, después de varios intensos partidos de frontenis, numerosos jóvenes llegaran sofocados y sedientos para disfrutar de uno de sus batidos bien fríos acompañado de una exquisita medianoche.
Sus ofertas gastronómicas, además de abundantes, eran muy económicas. Con apenas cinco pesos cubanos de la época, una persona podía comer perfectamente y quedar completamente satisfecha.
Entre las especialidades más populares se encontraban el batido de trigo, preparado al momento con abundante hielo; el pomito de yogur de fresa, con pequeños trozos de fruta; las papas rellenas, recién fritas; las galleticas de soda acompañadas de un quesito crema Nela, por solo veinticinco centavos; el sándwich de jamón y queso; las botellitas de refresco Son, en sus sabores de cola, naranja y limón, además de muchas otras delicias que todavía hoy hacen agua la boca con solo recordarlas.
Recuerdo también que a los clientes que llegaban en automóvil les llevaban la bandeja con su pedido hasta el vehículo, estacionado en el amplio parqueo de la cafetería, un servicio poco común para la época y muy apreciado por quienes lo disfrutaban.
Por las noches, el centro nocturno funcionaba como cabaret y, por un consumo mínimo de cinco pesos por persona, era posible ocupar una mesa, disfrutar de un trago, bailar hasta el amanecer y presenciar un excelente espectáculo musical en el que actuaban destacadas figuras artísticas del momento. ¡Qué época!
Recuerdo que en el cabaret de Pinomar se realizaron magníficas producciones musicales dirigidas por el afamado cantante y compositor cubano Meme Solís. Sobre su escenario se presentaron muchas de las mejores orquestas cubanas del momento, entre ellas Roberto Faz, Los Van Van, Son 14, Karachi y Los Latinos.
También desfilaron importantes solistas como el propio Meme Solís, Moraima Secada, Kino Morán, José Valladares, Pacho Alonso, Fausto Durán, Rudy Casanova y Andresito Hernández.
Otra modalidad muy popular durante aquellos años era la presentación de cuartetos vocales, como Los 4, Los Modernistas y Los Bucaneros, además de dúos tan conocidos como el integrado por Maggie Carlés y Luis Nodal.
A este centro nocturno —siempre muy concurrido— acudían numerosas parejas que acampaban en los terrenos de la cercana playa de El Mégano, así como otras que llegaban expresamente desde La Habana. Muchos lo hacían en taxi hasta el cercano Hotel Mar Azul, por una tarifa aproximada de 4.50 pesos, mientras que otros preferían utilizar el frecuente ómnibus de la ruta 162 y, posteriormente, la 400, cuyo recorrido desde la Terminal de Trenes hasta Guanabo incluía una parada justo frente a la entrada de Pinomar.
Para quienes preferían la música rock, en este cabaret también actuaron en numerosas ocasiones varios de los llamados combos cubanos, muy populares entre la juventud de aquellos años, como Almas Vertiginosas, Los Kent y otros conjuntos de gran aceptación.
Epílogo
Podemos apreciar que Pinomar fue también uno de los grandes íconos gastronómicos de épocas pasadas, del que muchos habaneros conservamos recuerdos imborrables. Para la juventud de aquellos años representó mucho más que una simple cafetería: fue un lugar de encuentro, amistad, diversión y buenos momentos; en definitiva, un pedazo de nuestras vidas que sería imposible olvidar.
Por ello, aunque más modesta que algunos de los establecimientos presentados anteriormente en esta serie, posee el mérito y el valor suficientes para ocupar un lugar dentro del rico patrimonio gastronómico y sentimental de La Habana.
Los recuerdos de sus medianoches, sus papas rellenas, sus refrescos y batidos después de un partido de frontenis; del siempre complaciente dependiente Casimiro, con su sonrisa eterna; y de las interminables veladas en su afamado cabaret, que muchas veces terminaban cantando sobre la arena de la espléndida playa bajo la luz de la luna, permanecerán para siempre grabados en nuestros corazones.
Con este recorrido por algunas de las cafeterías más emblemáticas de la Cuba de ayer concluye esta serie de relatos, escrita con el propósito de rescatar una pequeña parte de nuestra memoria gastronómica y rendir homenaje a lugares que marcaron la vida de varias generaciones de cubanos.
Si estas historias te despertaron algún recuerdo, una sonrisa o el deseo de compartir tus propias vivencias, entonces el objetivo habrá sido plenamente cumplido.
Te invitamos a continuar acompañándonos en las próximas publicaciones de Sabor Cubano: Comidas de la Perla de las Antillas, donde seguiremos descubriendo la historia, las tradiciones, los personajes y los sabores que han dado identidad a la cocina cubana.
Aún quedan muchas historias por contar. ¡Hasta nuestro próximo encuentro!













3 Comentarios
Un lugar exclusivo para disfrutar, gracias por enseñarnos tanto de lugares emblemáticos de nuestra Cuba, no todos conocemos, gracias por compartir esta maravillosa historia
ResponderEliminarGracias por compartir esta hermosa historia de Cuba
ResponderEliminarGracias por sus valiosos comentarios. Vamos a darle una oportunidad a la mente de recordar estos bellos momentos. Recordar es volver a vivir.
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