Cartel Luminico del Restaurante El Floridita.



Prefacio

Se cuenta que, muy frecuentemente, el escritor norteamericano Ernest Hemingway, premio Nobel de Literatura, desandaba las ocho cuadras que separaban el lugar donde residía durante su estancia en La Habana, Cuba, de 1932 a 1939 —el Hotel Ambos Mundos— del bar-restaurante El Floridita, ubicado justo en la intersección de las calles Obispo y Monserrate, en La Habana Vieja, y permanecía allí por largo tiempo, solo o en compañía de sus familiares y amigos, recostado a la flamante barra, degustando su cóctel preferido, el Daiquirí, o deleitándose en una de las mesas con alguno de los excelentes platos marinos que se ofertaban en el lugar.


Ernest Hemingway en la barra de El Floridita.

Ernest Hemingway en una mesa de El Floridita.


Una parte muy importante de la historia de este afamado bar-restaurante cubano está relacionada con la presencia en él de figuras tan relevantes como Errol Flynn, Ava Gardner, Gary Cooper, Giorgio Armani, el boxeador Rocky Marciano, los escritores Tennessee Williams y Jean-Paul Sartre, el director de cine Francis Ford Coppola, la actriz italiana Ornella Muti, el diseñador de moda francés Paco Rabanne y los Duques de Windsor, entre otros; pero, fundamentalmente, está fuertemente ligada a la figura de Hemingway, prestigioso autor de novelas tan famosas y clásicos de la literatura universal como El viejo y el mar y Por quién doblan las campanas, esta última escrita por él en una de las habitaciones del mencionado Hotel Ambos Mundos, localizado en la calle Obispo No. 153, entre Mercaderes y San Ignacio, en La Habana Vieja.


Hotel Ambos Mundos en La Habana Vieja.


Historia del restaurante

El lugar donde hoy se encuentra El Floridita fue, en sus comienzos, hace más de dos siglos, una bodega muy visitada por cocheros que adquirían allí la harina que, mezclada con agua, daban a sus caballos. Aunque la citada bodega estaba poco surtida, entre aquella agua, que las bestias consumían en el propio sitio, y la cantina, sus propietarios pudieron amasar una modesta fortuna que les permitió retirarse ricos y vender el espacio ubicado en tan privilegiado lugar.

Sin embargo, la historia más atractiva de este sitio comenzó realmente con la apertura, en 1817, del bodegón-cantina nombrado La Piña de Plata, ubicado casi en la esquina de Obispo y Bernaza, frente a la famosa librería La Moderna Poesía. En sus inicios, además de bebidas alcohólicas, se servían también zumos de frutas, batidos de leche, una bebida con sabor a almendras llamada horchata y refrescos. Para finales del siglo, ya se vendían allí las primeras combinaciones o mezclas simples de ron, ginebra, vermut o coñac, que terminaron siendo los antepasados de los posteriores clásicos cócteles internacionales.

 

 

De esa manera, La Piña de Plata se transformó, durante la intervención militar de Estados Unidos en Cuba, en un lugar preferido por los norteamericanos, y poco a poco sus cantineros fueron poniendo una nota de modernidad en aquellas simples bebidas primitivas.

En 1898, La Piña de Plata cambió su nombre por La Florida, quizás con el objetivo de atraer a los visitantes cada vez más numerosos procedentes de los Estados Unidos, muchos de ellos provenientes de la península norteña, que frecuentaban el lugar.

Como es lógico imaginar, mucho antes del desarrollo e introducción del aire acondicionado, en sus comienzos La Florida, como todas las instalaciones de su tipo existentes en la ciudad, era un bar abierto a pie de calle desde el cual se podía disfrutar de los olores, colores y el fresco nocturno, o simplemente observar el continuo ir y venir de los numerosos transeúntes que pasaban por el sitio.

En la década de 1910, el local se amplió con un área de restaurante hacia la calle Monserrate, dirigido por el chef francés Jean Lapont. Aunque menos conocido que su ya afamada barra, su restaurante, especializado en pescados y mariscos, recibió posteriormente importantes premios internacionales por su excelente labor culinaria.

En 1914, un emigrante de origen catalán llamado Constantino Ribalaigua Vert, conocido como Constante, comenzó a trabajar como cantinero en el bar, convirtiéndose con el tiempo en su cantinero legendario. Cuatro años más tarde, junto con dos empleados —el barman Boadas Perera y el chef Jean Lapont— adquirió el local, comprándolo a Narciso Sala Parera, quien era su propietario en ese entonces.

Con el tiempo y debido al cariñoso hábito de los cubanos de acortar los nombres de las cosas más apreciadas, el establecimiento cambió nuevamente su nombre al definitivo y por el cual alcanzó su posterior relevancia: El Floridita. Otras versiones afirman que el cambio de nomenclatura se debió a la existencia de otro bar famoso en la época, el del Hotel Florida, ubicado también en la calle Obispo, y que fueron los propios clientes quienes sintieron la necesidad de distinguirlos y diferenciarlos.

Tras el triunfo de la Revolución en 1959, el bar-restaurante fue nacionalizado y pasó a gestión estatal, sufriendo la misma penosa suerte que el resto de las instalaciones de su tipo en La Habana y en el país. En 1991, debido a su avanzado estado de deterioro, El Floridita fue demolido casi en su totalidad y posteriormente remodelado de forma integral, aunque, afortunadamente, respetando todos los elementos originales que lo hicieron famoso, incluida la emblemática barra y el busto de Hemingway.

Desde su reinauguración, El Floridita se convirtió en un homenaje permanente a la figura de Hemingway, mostrando una exhibición continua de fotografías del escritor junto a sus amigos, así como otros artículos de gran valor histórico, entre ellos los bustos que perpetúan su memoria.


Busto y Estatua de Ernest Hemingway.


Características de El Floridita

El menú que se ofertaba en el restaurante estaba en consonancia con otros sitios gastronómicos cercanos y se basaba fundamentalmente en pescados y mariscos, aunque incluía algunas exquisiteces muy exóticas y exclusivas del lugar, como el bistec de caguama y de cocodrilo. Todo ello, acompañado de una variada carta de selectos vinos, un excelente servicio y música en vivo, hacía de este restaurante un sitio de ensueño y de gran preferencia para quienes visitaban el país.

En cuanto al bar, la carta de cócteles de El Floridita llegó a alcanzar la impresionante cifra de 400 propuestas. Más de la mitad de estos cócteles incluía jugo de limón entre sus ingredientes y, como dato curioso, puede señalarse que mientras Constantino se mantuvo como cantinero del bar, aquellos limones provenían del limonar del jardín de su propia casa.

La hermosa barra de caoba del bar tiene 10 metros de largo, y los frisos corintios originales de su inauguración permanecen hasta la actualidad. El estilo británico Regency de su mobiliario y la decoración general de El Floridita se remontan a la década de 1950.


Barra del restaurante El Floridita.


Un hermoso mural ubicado en el fondo de la barra recrea la Bahía de La Habana en la época de corsarios y piratas.

Una escultura a tamaño natural de Hemingway recostado a la barra es obra del artista Villa Soberón. Un busto, realizado por Boada, flanquea la banqueta en la que acostumbraba a sentarse el novelista para tomar su trago favorito, el Papa Special.


Escultura de Ernest Hemingway.


Premios y condecoraciones obtenidos por El Floridita

En 1953, El Floridita fue declarado por la revista Esquire, publicación internacional especializada, como uno de los siete bares más famosos del mundo, junto con el Pied Piper Bar en San Francisco, el Ritz de París y Londres, el Raffles de Singapur, el Club 21 en Nueva York y el bar del Shelbourne Hotel en Dublín.

En 1992, se le concedió a El Floridita el premio Best of the Best Five Star Diamond Award de la Academia Norteamericana de Ciencias Gastronómicas, como el Rey del Daiquirí y restaurante especializado en pescados y mariscos más representativo.

El Floridita posee un Récord Guinness, al prepararse en el año 2012, en honor al escritor Ernest Hemingway, el Daiquirí más grande del mundo. Se elaboraron 275 litros de la bebida, para lo cual trabajaron más de 30 cantineros, que se turnaron para utilizar 12 batidoras durante 30 minutos cada uno, empleándose además 88 botellas de ron.

Además de los reconocimientos mencionados, cuenta con otros importantes premios, como el otorgado en 1995, el Vigésimo Gold Award for Tourist, Hotel and Catering Industry, en la Feria Internacional de Turismo de Madrid, y en 1996, el Décimo Golden Europe Award for Quality, en París.

El Floridita, el Daiquirí y Hemingway

El Floridita y el Daiquirí han estado estrechamente vinculados desde siempre, reconociéndose mundialmente este lugar como la Cuna del Daiquirí.

Este famoso cóctel, que ha alcanzado relevancia internacional, se elabora en su forma básica con ron blanco, jugo de limón o lima y azúcar, batidos con abundante hielo y servidos en copa como una deliciosa mezcla tipo frozen, es decir, con hielo frappé.


Cóctel Daiquirí.


Existen dos teorías principales sobre la autoría del cóctel. Una lo atribuye a Constantino Ribalaigua, el cantinero estrella de El Floridita. Sin embargo, otra versión, muy bien documentada, sostiene que su origen es anterior a la inauguración de El Floridita y ocurrió a más de 900 kilómetros de distancia.

Según esta versión más antigua, el Daiquirí nació alrededor de 1898 en una mina de hierro cercana a Santiago de Cuba, creado por el ingeniero estadounidense Jennings Cox, quien, al quedarse sin ginebra, experimentó con ingredientes locales y mezcló ron blanco cubano con jugo de lima y azúcar para suavizar la bebida. Inicialmente, el cóctel no tenía nombre y fue posteriormente bautizado por un ingeniero italiano, Giacomo Pagliucci, colega de Cox, como Daiquirí, en honor al lugar donde se encontraban las minas en las que trabajaban.

Tiempo después, ambos ingenieros llevaron la receta al bar del desaparecido Hotel Venus, conocido como Bar Americano, donde la compartieron con el cantinero, quien comenzó de inmediato a prepararla para sus clientes. El cóctel se popularizó rápidamente en Santiago de Cuba y, más tarde, un cantinero de origen español llamado Emilio González, que trabajaba en el Hotel Plaza, lo trasladó a La Habana. Allí lo dio a conocer a su amigo Constantino Ribalaigua, quien para entonces era propietario de El Floridita.

Constantino se entusiasmó profundamente con el peculiar cóctel y comenzó a transformarlo, creando diversas combinaciones hasta que finalmente obtuvo el Daiquirí Frappé, introduciendo el uso de la batidora, una de sus variantes más célebres.

Se conoce que Hemingway cultivó una estrecha amistad con Constantino durante sus frecuentes visitas al bar, probando, como era de esperar, el famoso cóctel. En una ocasión, sugirió a su amigo una receta especial que consistía en un Daiquirí sin azúcar y con doble de ron, a la que el cantinero bautizó como Papa Doble, en honor al apelativo cariñoso con que se conocía al escritor en Cuba. Aunque Hemingway lo llamaba Daiquirí a lo Salvaje, el nombre impuesto por el perspicaz barman fue el que prevaleció. En su novela Islas en el Golfo, el autor hizo referencia a esta bebida como Daiquirí Doble, quedando inmortalizada de esa forma en su obra.

A diferencia del Daiquirí tradicional, el Papa Doble o Daiquirí a lo Salvaje tiene un marcado sabor a ron, por lo que no era del agrado de todos los paladares. Más tarde, la receta fue perfeccionada por otro barman de El Floridita, Antonio Meilán, quien creó el Hemingway Special, añadiendo licor de marrasquino y jugo de toronja. Aunque Hemingway no llegó a conocer esta última variante, fue la fórmula registrada oficialmente por la International Bartenders Association.

Epílogo

El Floridita es mucho más que un bar, se ha convertido en un icono de Cuba que resulta imposible dejar de visitar. Si se hace referencia a la rica historia y al patrimonio de este local, que abrió sus puertas en 1918 y se ha mantenido a lo largo de los años como un símbolo de la gastronomía cubana y, muy especialmente, de su coctelería, resulta justo reconocer que se haya ganado el sobrenombre de Cuna del Daiquirí.

Su indiscutible vinculación con el prestigioso escritor Ernest Hemingway, quien no vacilaba en afirmar en cualquier lugar que era “el mejor bar del mundo”, le imprimió un sello de distinción imposible de borrar, convirtiéndolo en uno de los establecimientos de su tipo más famosos del planeta. Fue el propio Hemingway quien acrecentó su fama con una frase sencilla pero cargada de significado, estampada de su puño y letra en una de las paredes de La Bodeguita del Medio:

“My mojito in LaBodeguita, my daiquirí in El Floridita.”




Si esta historia despertó tu curiosidad, déjanos tu comentario y acompáñanos en las próximas entregas de Breves historias acerca de famosos restaurantes cubanos, dentro de la sección Secretos de Cocina Cubana. Aún quedan muchas anécdotas y secretos por revelar.