Imagen de la Casa Potín en el Vedado, La Habana, Cuba..


Introducción

No es para nada exagerado afirmar que la ciudad de La Habana fue considerada una de las ciudades más bellas y famosas del mundo durante la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. Era admirada por su profusa y hermosa mezcla arquitectónica colonial y modernista, su excitante vida nocturna y su alto nivel de desarrollo económico. Llegó incluso a ser llamada el “París de América”, al comparársele con la mundialmente famosa ciudad europea, y alcanzó su máximo esplendor en las décadas de 1940 y 1950.

Dentro de ese contexto de relevancia y prestigio, sobresalía también su rica y variada gastronomía, la cual, según entendidos, abarcaba una extensa gama de lujosos y excelentes restaurantes, pero incluía además una amplia red de establecimientos de comida ligera —conocidos genéricamente como cafeterías—, muy apreciados por los siempre apresurados transeúntes.

La cantidad de cafeterías que había en La Habana en aquella época era realmente asombrosa. Prácticamente podían encontrarse en cualquier esquina o rincón de los numerosos barrios de la ciudad y competían entre sí por ofrecer el mejor servicio, las mejores propuestas gastronómicas y los precios más asequibles; de ahí la marcada preferencia popular por estas unidades.

Pero en esta serie que comenzamos hoy, queremos referirnos especialmente a aquellas más famosas, que incluso trascendieron el ámbito nacional y, por su prestigio e incuestionable calidad, merecen formar parte de la rica y significativa historia de la cocina cubana.

La Casa Potín es, sin duda, uno de los ejemplos más emblemáticos para iniciar esta saga.

 

 

Cuando en Cuba se habla de establecimientos donde se expendían comestibles exquisitos, exclusivos, exóticos y de la más alta calidad, resulta imposible no mencionar, en primer lugar, los “delicatessen” ofertados por la Casa Potín, provenientes tanto de la producción nacional como del extranjero. Era famosa por importar productos gourmet franceses, italianos y suizos, además de contar con su propia producción de fina pastelería.

Fue la marca por excelencia de este tipo de establecimientos gastronómicos en el país —caracterizada por su célebre logo del “cocinerito”— y contó con dos sedes en La Habana: la primera, ubicada en la calle O’Reilly, en La Habana Vieja, fundada en el siglo XIX; y la segunda, inaugurada en la década de 1950, en una céntrica zona del Vedado, específicamente en la esquina de Paseo y Línea.


Sede de la Casa Potín en la Calle O'reilly en La Habana Vieja.

Imagen del Logo de la Casa Potin: El Cocinerito.


La sede original de la Casa Potín, ubicada en La Habana Vieja, siempre funcionó como tienda de productos gourmet, a diferencia de la sede del Vedado, que se convirtió, desde su fundación, en una de las más famosas cafeterías-restaurantes de la capital. Es esta última la que perdura con mayor fuerza en la memoria popular, quizás por su privilegiada ubicación o tal vez porque logró mantenerse, hasta la actualidad, con el mismo propósito para el cual fue concebida.


Propaganda de la  Casa Potín del Vedado, La Habana.

Imagen del Restaurante de la Casa Potín del Vedado.


En realidad, esta sede fue diseñada pensando en otro tipo de público, en un barrio mucho más moderno y pujante, donde cientos de personas iban y venían continuamente por sus aceras y amplias avenidas, a cualquier hora del día o de la noche. Pensando en ellos, se creó este amplio, moderno y ventilado local, abierto las veinticuatro horas, con una cafetería alrededor de su portal para que los comensales pudieran contemplar, mientras disfrutaban de una excelente oferta gastronómica, la agitada vida citadina; y en su interior, un elegante y acogedor restaurante, distinguido por la exquisitez de su servicio.


Origen e historia de la Casa Potín

La primera Casa Potín habanera fue fundada en el siglo XIX en la calle O'Reilly No. 363, entre Habana y Compostela, en pleno corazón del casco histórico de La Habana. Su primer propietario fue el francés Louis Brunshwing, natural de Alsacia, quien se dedicó inicialmente a la venta de finezas y medicamentos.

Sin embargo, en 1920 adquirió la propiedad un emigrante español procedente de Navarra, Francisco Martín Echevarri, quien dio inicio a la importación y comercialización de productos gourmet europeos, como chocolates suizos, bombones, confituras, panes, delicadas carnes, champán, licores, embutidos, vinos y muchas otras delicatessen, así como selectos y exclusivos productos nacionales.


Ofertas de la Casa Potín de la Calle O'reilly en La Habana Vieja.


Gracias a ello, la tienda alcanzó rápidamente fama y prestigio tanto a nivel nacional como internacional, pues no existía nada semejante en el país.

La tienda se hizo memorable entre los habaneros por la calidad de sus productos, especialmente su pastelería francesa y sus confituras importadas, entre ellas los famosos chocolates suizos Peter’s. De ahí que todavía hoy muchos cubanos continúen llamando “Peter” a las barras de chocolate con leche.


Propaganda del Peter's de la Casa Potín.


Era distribuidora exclusiva también de los bombones italianos Perugina, de los suizos Tobler, de los franceses Marquesa de Sevigné y de los norteamericanos Maillard.

Vendía, además, toda clase de jamones y embutidos, variados cortes de carne de primerísima calidad, panadería, exquisitos quesos y otros productos lácteos.

Al contar con semejante variedad de productos, todos de altísima calidad, su oferta la convertía en un lugar ideal para adquirir todo lo necesario para cenas elegantes, fiestas de quince, bodas, bautizos, celebraciones navideñas y otras festividades criollas que tenían lugar durante el año. Por ello, siempre contó con una nutrida clientela.


Propaganda de la Casa Potin de la Calle O'reilly en La Habana Vieja.


Debido a este rotundo éxito, el hábil comerciante expandió rápidamente su negocio y adquirió “El Moderno Cubano”, una antigua repostería y dulcería de finales del siglo XIX, también ubicada en la calle O'Reilly, en La Habana Vieja.

Ya en la década de 1950 inauguró la segunda sede de la Casa Potín, en la intersección de Línea y Paseo, diagonal al edificio Naroca, en el selecto barrio del Vedado, funcionando desde entonces como una de las cafeterías, restaurantes y pastelerías de lujo más exitosas de su época.


Imagen de la Casa Potín del Vedado, La Habana.


Ese éxito se mantuvo durante varios años después del triunfo de la Revolución, etapa en que fue confiscada y pasó al control del Estado socialista cubano. Pero, lamentablemente, como tantas otras cosas, fue languideciendo poco a poco como consecuencia de la escasez, el descuido y el desinterés que han acompañado y caracterizado a ese sistema.

En la actualidad, solo quedan recuerdos de lo que fue la Casa Potín de antaño y, por supuesto, ya no existen en La Habana ni en el resto del país lugares que ofrezcan las exquisiteces que allí se brindaban.

Tras años de deterioro, el centro gastronómico ubicado en el Vedado ha intentado “renacer” mediante su gestión como cooperativa gastronómica no estatal, tratando de recuperar su antiguo prestigio, aunque nunca ha logrado volver a estar a la altura de lo que fue.


Imagen Actual de la Casa Potín en el Vedado, La Habana.


A pesar de esos esfuerzos de gestión —ahora privada—, la propiedad opera en medio de un entorno de severa escasez de recursos materiales y energéticos. Los continuos apagones y la profunda crisis económica generalizada afectan su funcionamiento, al igual que al resto de los establecimientos gastronómicos de la ciudad, por lo que la calidad de su servicio resulta hoy muy volátil e inestable.

Por su parte, la otrora Casa Potín de O'Reilly no corrió la misma suerte. La antigua y famosa tienda de delicatessen, que diariamente se colmaba de elegantes damas y caballeros ávidos por sus selectas ofertas, quedó totalmente fuera de servicio y del imaginario popular.


Imagen Actual de la Casa Potín de la Calle O'reilly en La Habana Vieja.


Hoy no es más que un espacio vacío, sombrío, sucio y oscuro, enclavado en el corazón de La Habana Vieja, sin otra relevancia que el cartel que aún conserva en su fachada como triste testimonio de lo que alguna vez fue.


Nostalgias de un lugar memorable

Para quienes pertenecemos a mi generación y ya peinamos canas, resultan imborrables los gratos recuerdos de aquellos días en que íbamos a disfrutar del estreno de una película en el cercano cine Trianón, ubicado justo frente a la famosa cafetería.


Imagen del Cine Trianón frente a la Casa Potín del Vedado.


Nos era imposible resistir la tentación de, al terminar la película a altas horas de la noche, cruzar la espaciosa avenida Línea y disfrutar de un refrescante helado de almendras acompañado de un sándwich de jamón, queso y pepinillos en el siempre concurrido portal del establecimiento, mientras comentábamos las peripecias del audaz protagonista o la sensual belleza de su compañera de reparto.

Era, en verdad, un momento relajante e inolvidable, difícil de igualar.

Pero si aquella noche veníamos acompañados por primera vez de una hermosa dama y queríamos impresionarla, podíamos solicitar al siempre atento y cordial capitán del salón una mesa en el restaurante, a la tenue y romántica luz de unas velas y con una agradable música de fondo.

Entonces bastaba pedir, como entrada, la fabulosa crema Aurora; continuar con el exquisito filete Canciller, acompañado de una copa de excelente vino español; y cerrar con un incomparable Dobosh.

Era algo que difícilmente aquella dama podría olvidar en toda su vida.

También recuerdo otras ocasiones en que teníamos entradas para el cercano Teatro Mella (antiguo Teatro Rodi) y llegábamos con suficiente antelación al inicio de la función. Entonces no dudábamos en aprovechar el tiempo y sentarnos en el portal de la Casa Potín para disfrutar unas “señoritas” de chocolate o unos militones de almendras, acompañados de una crema malteada o un refresco bien frío, mientras observábamos el incesante paso de los transeúntes por la acera contigua.


Imagen del Teatro Mella cerca de la Casa Potín del Vedado.


En fin, siempre había una justificación “de peso” —o, si no existía, la inventábamos— para acudir y disfrutar de aquellos agradables momentos en tan magnífico centro gastronómico.


Epílogo

Es indudable que este coloso de la gastronomía cubana dejó para siempre una huella imborrable en su época de mayor esplendor y sobresalió entre muchos otros por su historia, sus memorias y su innegable calidad.

La marca de la Casa Potín, identificada con el dibujo de su célebre “cocinerito”, trascendió más allá de las fronteras cubanas y fue reconocida internacionalmente como símbolo de elegancia, exclusividad y refinado gusto.

Resulta triste saber que los habaneros de hoy nunca han podido volver a contar con un lugar tan especial como este e, incluso, han tenido que renunciar al disfrute de modestas meriendas y de momentos tan agradables como aquellos, para priorizar, en lo esencial, su propia supervivencia.

Y así, para concluir, lo que en otros tiempos fue una de las más selectas cafeterías habaneras ha quedado solamente en la memoria viva de la fabulosa cocina cubana, mientras su famoso “cocinerito” parece haberse desvanecido silenciosamente para siempre.



Si te gustó este interesante de uno de los íconos gastrónómicos más famosos de Cuba, te exhortamos a que lo expreses en tus comentarios y te invitamos a que no te pierdas la próxima entrega de esta saga vinculada a nuestra sección Secretos de Cocina Cubana.