Prefacio
Aunque desde mediados del siglo XIX ya se conocían, fundamentalmente en La Habana, algunos restaurantes donde se ofertaban platos de la cocina italiana, no fue realmente hasta el siglo XX cuando estos establecimientos comenzaron a propagarse poco a poco por toda la isla y a ganar un merecido espacio en el gusto popular.
En los años 50, el restaurante Frascati cobró fama como uno de los primeros y mejores establecimientos de cocina italiana en Cuba. Unos años después, otras pizzerías se erigieron en La Habana como verdaderos íconos de esta afamada gastronomía, entre ellas Montecatini y Sorrento, localizadas en el Vedado, y La Piccola Italia, con dos establecimientos: uno en Centro Habana y otro en el Vedado.
También eran muy conocidas por entonces las famosas pizzetas que se ofertaban en los Ten Cents. No eran más que pequeñas porciones cortadas de una enorme pizza que se elaboraba ante los curiosos y ávidos ojos de los clientes y que frecuentemente se acompañaban de una refrescante malteada o de la muy gustada “vaca negra”: una generosa bola de helado de vainilla sumergida en un vaso de Coca-Cola.
Pero no fue hasta la década de los 60 cuando esta expresión culinaria europea experimentó un verdadero despegue. La comida italiana se popularizó por todo el país y las pizzerías comenzaron a llegar hasta los rincones más apartados de la isla. A partir de entonces, la pizza y el espagueti dejaron de ser solamente platos de procedencia extranjera para incorporarse definitivamente a la vida cotidiana y al gusto de los cubanos.
Por el profundo significado que tuvieron aquellas pizzerías en nuestra memoria colectiva, queremos recordar algunas de las más famosas, establecimientos que, a partir de los años 60, no solo alimentaron a varias generaciones, sino que se convirtieron también en escenarios de encuentros, tertulias, celebraciones y recuerdos que todavía hoy permanecen vivos.
Pizzerías famosas de La Habana
Nuestro recorrido podría comenzar en una conocida esquina del Vedado habanero, 15 y J, donde desde los años 50 un nombre comenzó a ganarse un lugar privilegiado entre los amantes de la cocina italiana: Montecatini.
Allí se encontraba una de aquellas pizzerías que lograría atravesar el tiempo y permanecer hasta nuestros días, convirtiéndose en motivo de orgullo para la capital y ocupando un lugar especial entre las preferencias de muchos cubanos de la época.
Según cuentan algunas crónicas, fue fundada por Vasco, antiguo chef principal del famoso restaurante italiano Frascati, quien decidió independizarse y abrir su propio establecimiento. Se dice que, a partir de su inauguración, Montecatini alcanzó rápidamente una enorme popularidad, llegando incluso a disputarle el predominio que hasta entonces había ostentado aquel prestigioso restaurante.
Pero si de elegancia y distinción se trataba, otro nombre aparece inevitablemente entre los recuerdos de aquella Habana: La Romanita, situada en la calle 11, en el Vedado, muy cerca de la intersección con la calle 16.
Entre las pizzerías de la capital, La Romanita poseía un encanto muy particular. Su elegante y acogedor local contaba con un gran salón y un bar, además de un reservado dentro del propio salón destinado, según se recuerda, a personalidades y ocasiones especiales.
Su menú italiano era uno de los más variados y apreciados de la ciudad. No faltaban las pizzas de diferentes tipos, las lasañas, los espaguetis, los canelones, la crema de queso y muchas otras maravillas capaces de halagar el paladar. En el bar, la coctelería era de primera clase y estaba atendida por bármanes amables y profesionales, al igual que el resto del personal gastronómico que laboraba en el establecimiento.
Un detalle muy peculiar contribuía también a darle personalidad al lugar: un hermoso busto de porcelana colocado en la repisa del bar, que representaba la imagen de La Romanita.
Y como sucede siempre cuando se habla de lugares que dejaron huellas, resulta casi inevitable preguntarse cuál era el mejor. Para muchos habaneros de entonces, la respuesta tenía nombre de mujer: Doña Rosina.
Estaba catalogada como uno de los establecimientos de mayor categoría de su tipo en la capital, donde no solo se ofrecía un menú muy variado, sino también un servicio de primerísima calidad. Se encontraba igualmente en la selecta barriada del Vedado, específicamente en la calle I entre Calzada y 9. Se cuenta que su nombre había sido escogido en honor a la esposa del propietario, la señora Rosina, ambos de origen italiano.
Dejemos por un momento el Vedado y trasladémonos a uno de los escenarios más hermosos y emblemáticos de La Habana: el Paseo del Prado. Durante mucho tiempo, aquella majestuosa avenida fue escogida como sitio ideal para algunos de los restaurantes más prestigiosos de la ciudad. No podía faltar allí una pizzería que acabaría llevando en su propio nombre la dirección que la haría conocida: Prado 264.
El inmueble se encontraba en Paseo de Martí número 264, entre Ánimas y Virtudes, en el municipio Habana Vieja, y su fachada daba directamente al legendario Paseo del Prado, custodiado por sus emblemáticos leones de bronce. Comer una pizza allí significaba hacerlo en medio de uno de los paisajes urbanos más reconocibles de la capital.
Regresemos ahora al Vedado y situémonos en una zona que, durante décadas, ha sido punto de encuentro de generaciones de habaneros. Justo en la esquina de L y 21, frente a una de las esquinas de la famosa heladería Coppelia, se encontraba otra de las pizzerías que alcanzaría gran popularidad: Vita Nuova.
Sin duda, fue una de las más conocidas de la década de los 60, muy apreciada y concurrida especialmente por los jóvenes que frecuentaban aquella animada zona del Vedado capitalino. Su nombre quedó inevitablemente unido a una época en la que salir a comer una pizza podía formar parte de todo un paseo por La Rampa y sus alrededores.
Y si la comida italiana había conquistado el paladar de los cubanos, el cine italiano había hecho algo semejante con su imaginación. Tal vez por eso no resulte extraño que otra pizzería habanera recibiera el nombre de Cinecittà.
Ubicada en otra de las esquinas más conocidas del Vedado, 23 y 12, su nombre rendía homenaje a Cinecittà, la célebre “ciudad del cine” italiana. La elección parecía particularmente apropiada: a pocos metros se encontraba el edificio del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) y la famosa Cinemateca de Cuba. Gastronomía y cine parecían encontrarse así, casi por casualidad, en una misma esquina habanera.
Pero las pizzerías de aquellos años no fueron solamente lugares donde sentarse a comer. Para muchos jóvenes se convirtieron en puntos de encuentro, espacios donde conversar, mirar pasar la gente y prolongar durante un rato más una tarde o una noche entre amigos. Y pocos lugares representan mejor ese espíritu que Buona Sera.
Situada en pleno corazón del Vedado, en 23 esquina a I, abrió sus puertas a principios de los años 60 y pronto se convirtió en una de las pizzerías más recordadas de La Habana. Era muy frecuentada por los jóvenes, que acudían no solamente para saciar el apetito, sino también para compartir una buena tertulia mientras contemplaban el ir y venir de uno de los sitios más animados de la ciudad.
Porque aquellas pizzerías eran también eso: lugares para encontrarse, conversar, enamorarse quizás, y dejar pasar el tiempo alrededor de una mesa.
Y como todo recorrido debe tener una última parada, podríamos terminar el nuestro a la salida de un cine.
Imaginemos por un instante que acaba de concluir la tanda en el conocido cine La Rampa. Al salir nuevamente a la calle 23, casi no hacía falta caminar: justo al lado del cine se encontraba la famosa pizzería Milán, otro de aquellos establecimientos inseparables de los recuerdos de esa concurrida zona del Vedado.
Fue una pizzería muy frecuentada, que gozó de gran popularidad por su variada oferta y por la eficiencia de su servicio. Después de disfrutar de una buena película, pocas cosas podían resultar más apetecibles que entrar en Milán para saborear una pizza recién salida del horno, con el queso todavía fundido, o un plato de humeantes espaguetis napolitanos.
Cine y pizzería formaban así parte de un mismo paseo, de una misma noche y, con el paso de los años, de un mismo recuerdo.
Epílogo
En realidad, nos cuesta trabajo —y nos produce una inevitable nostalgia— no continuar mencionando otras tantas excelentes pizzerías distribuidas por diferentes puntos de La Habana e incluso por otras ciudades del país. Pero hacerlo convertiría este relato en una lista interminable y no quisiéramos abusar de la paciencia de nuestros queridos lectores.
¡Son tantas y tan queridas!
Por mencionar solo algunas más, recuerdo con especial cariño la pizzería Europa, ubicada en una de las esquinas más concurridas de la calle Obispo, en La Habana Vieja; Trastevere, en la calle Neptuno, en pleno corazón de la ciudad; La Piragua, frente al Malecón habanero; El Rodeo, frente a la Ciudad Deportiva; El Bosque, en Nuevo Vedado; Mare Aperto, en el municipio Playa... y muchas, muchas más que quizás algún amable lector pueda ayudarnos a recordar.
Y tal vez sea precisamente ahí donde se encuentre el verdadero significado de ese “algo más” que acompaña el título de estos dos artículos.
Porque cuando los cubanos recordamos aquellas pizzas y aquellas pizzerías, rara vez estamos hablando solamente de comida.
Recordamos una esquina. Una mesa. Una conversación. Una película que acababa de terminar. Una salida con los amigos. Una pareja que comenzaba a enamorarse. Una familia reunida alrededor de unos platos de espaguetis. El olor de una pizza recién salida del horno. El queso fundido desbordándose sobre la masa. El bullicio de un salón lleno. Una cola que parecía interminable. Una moneda contada en el bolsillo. Una ciudad que seguía moviéndose detrás de los cristales.
Recordamos, en definitiva, fragmentos de nuestra propia vida.
Quizás por eso resulta tan difícil hablar de estas cosas sin que aparezca la nostalgia. Muchas de aquellas pizzerías cambiaron, otras desaparecieron y algunas sobreviven apenas como una sombra de lo que fueron. Pero existe un lugar donde ninguna puerta ha cerrado definitivamente: la memoria de quienes las conocimos.
Allí siguen encendidos sus letreros. Allí todavía están ocupadas las mesas. Allí continúa llegando el aroma de una pizza caliente y vuelven a escucharse las conversaciones, las risas y hasta el ruido de los platos. Basta pronunciar un nombre —Montecatini, La Romanita, Doña Rosina, Vita Nuova, Cinecittà, Buona Sera, Milán— para que alguien, en cualquier lugar del mundo, pueda regresar por unos instantes a aquella Habana que guarda dentro de sí.
Ese es, quizás, uno de los extraordinarios poderes de la comida: alimentamos el cuerpo una sola vez, pero algunos sabores terminan alimentando nuestros recuerdos durante toda la vida.
¡Y esos recuerdos alimentan el alma!
Con Pizzas, pizzerías y algo más he querido hacer solamente un modesto aporte para rescatar una pequeña parte de esa memoria gastronómica cubana. Si durante la lectura alguien recordó una pizzería que había olvidado, volvió por unos segundos a una mesa rodeado de antiguos amigos o familiares, sonrió al recordar una pizza doblada por la mitad o sintió simplemente el deseo de contar su propia historia, entonces estos dos artículos habrán cumplido plenamente su cometido.
Pero nuestro recorrido no termina aquí.
Todavía quedan muchísimos sabores, lugares, personajes, costumbres y pequeñas historias de nuestra cocina esperando ser rescatados del olvido. Algunos pertenecen a los libros; otros, quizás los más entrañables, permanecen solamente en la memoria de quienes los vivimos.
Por eso los invitamos a continuar acompañándonos en nuestros próximos artículos de Secretos de Cocina Cubana, donde seguiremos recorriendo la historia de nuestra gastronomía, descubriendo sus curiosidades y, sobre todo, tratando de conservar esas tradiciones que forman parte inseparable de nuestra identidad.
Porque preservar la cocina cubana no significa solamente conservar sus recetas.
Significa también conservar las historias de quienes alguna vez se sentaron alrededor de una mesa para compartirlas.










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