Introducción
Iniciamos esta nueva serie abriendo las puertas de algunos de los mercados más famosos que tuvo La Habana, lugares donde durante generaciones transcurrió una parte esencial de la vida cotidiana de sus habitantes. Hasta ellos llegaban los habaneros en busca de sus provisiones: carnes, pescados y mariscos, viandas, legumbres, hortalizas, frutas y toda aquella diversidad de productos frescos que terminaban formando parte de la mesa familiar. Recordarlos será también rendir un merecido homenaje a una manera de comportarse, relacionarse y vivir en aquella gran ciudad que hoy pertenece, en buena medida, a la memoria de otros tiempos.
Pero aquellos mercados eran mucho más que simples centros de abastecimiento. Constituían verdaderos puntos de encuentro donde las personas compartían y disfrutaban diariamente de la intensa vida social de la ciudad; donde se acordaban y cerraban negocios, se hacían promesas de todo tipo —algunas nunca cumplidas—, se concertaban encuentros, nacían relaciones duraderas y los cubanos desplegaban en toda su plenitud ese enorme potencial de humanismo y cordialidad que los ha caracterizado siempre.
Entre pregones que intentaban imponerse unos sobre otros, conversaciones interminables, regateos de precios y el incesante ir y venir de compradores y vendedores, cada mercado fue adquiriendo su propio carácter, sus personajes y hasta sus historias. Algunas se perdieron inevitablemente con el paso de los años; otras, transmitidas de una generación a otra, consiguieron sobrevivir y forman parte hoy de esa memoria popular habanera que también queremos rescatar en esta serie.
Y para comenzar este recorrido presentaremos uno de los primeros y más simbólicos mercados de la ciudad en el siglo XIX, surgido durante los tiempos de la colonia y cuya historia, bajo diferentes formas, se prolongaría mucho después durante la etapa republicana.
Me refiero al Mercado de Tacón, que tiempo después, y debido a determinadas circunstancias —que no adelantaré todavía—, pasaría a ser conocido por un nombre que quedó definitivamente grabado en la memoria popular de los habaneros: la Plaza del Vapor.
Antecedentes históricos y origen del Mercado de Tacón
A principios del siglo XIX, la hermosa Villa de San Cristóbal de La Habana crecía rápidamente y, sin embargo, sus pobladores no contaban con suficientes lugares apropiados donde pudieran acudir regularmente a adquirir sus suministros alimenticios cotidianos.
Buena parte de aquel comercio dependía de vendedores que instalaban sus puestos en calles, plazas y otros espacios al aire libre, muchas veces sin seguir un patrón ni un orden determinado, por lo que, en ocasiones, la venta de alimentos podía convertirse en un verdadero caos.
Las deficientes condiciones higiénicas y el hedor de los alimentos en mal estado constituían un problema frecuente, al que se sumaban el descontrol y la arbitrariedad en los precios de los productos ofertados, independientemente, muchas veces, de su presentación y calidad.
Ante esta situación, Miguel Tacón y Rosique, al asumir el cargo de Gobernador y Capitán General de la Isla en 1834, decidió enfrentar aquel ya urgente problema y dotar a la zona extramuros de la capital de un mercado verdaderamente digno de una ciudad que se encontraba en plena expansión.
Para ello, encomendó el diseño de un edificio acorde con las nuevas necesidades a su amigo íntimo, el ingeniero Manuel Pastor, quien elaboró el primer plano de obra de dicho mercado. Obsesionado como estaba con modernizar y transformar La Habana, Tacón pretendía construir una instalación destinada al comercio que estuviera a la altura de sus similares europeas.
El resultado fue un majestuoso edificio de estilo neoclásico, de dos plantas y aproximadamente una manzana de extensión, comprendida entre las calles Galiano, Reina, Dragones y Águila. Poseía amplias galerías cubiertas, sostenidas por recias columnas, y contaba con numerosas facilidades consideradas modernas para el comercio de la época.
La construcción de aquella colosal instalación duró apenas dos años: comenzó en 1834 y fue inaugurada en 1836. Su aparición constituyó un verdadero hito para la ciudad y para el país, al convertirse en el primer mercado techado construido en La Habana y representar una concepción mucho más moderna y organizada del comercio de alimentos, además de figurar entre los primeros mercados de su tipo construidos en Latinoamérica.
El impacto social fue enorme. Mejoraron ostensiblemente las condiciones de higiene y se establecieron mayores controles sobre la calidad, los precios, los pesos y las medidas de los productos. Pero el mercado también ganó rápidamente una amplia concurrencia y preferencia popular por otra razón: alrededor de sus amplios portales fue creciendo todo un pequeño universo comercial y social.
Allí pululaban fondas, cafés y otros establecimientos, junto con barberías, librerías, zapaterías y numerosos negocios de todo tipo. De esta manera, los marchantes, después de realizar sus correspondientes compras de alimentos, podían resolver algún que otro asunto pendiente o simplemente disfrutar de una excelente merienda o de un apetitoso almuerzo mientras contemplaban el incesante ir y venir de los transeúntes.
El mercado había dejado de ser solamente un lugar donde comprar.
Se había convertido en uno de los grandes escenarios de la vida cotidiana habanera.
De Mercado de Tacón a Plaza del Vapor
Según cuentan los cronistas de la época, aquel mercado, llamado inicialmente Mercado de Tacón, comenzó a ser conocido popularmente como Mercado del Vapor debido a una curiosa historia que, con el paso de los años, haría que este nuevo nombre terminara imponiéndose sobre el original.
Un conocido catalán llamado Francisco —“Pancho”— Marty, principal inversionista del Teatro Tacón y rey del monopolio del pescado en la capital, tenía una pequeña fonda en la esquina de Galiano y Dragones. Allí colocó un enorme cuadro del célebre buque de vapor Neptuno, una de aquellas embarcaciones que marcaron los primeros tiempos de la navegación a vapor en Cuba y que realizó, en 1819, la histórica travesía entre La Habana y Matanzas.
Y por esa rara característica que tienen las personas de asociar determinados lugares con objetos, personajes o acontecimientos, aquel cuadro terminó convirtiéndose en una referencia habitual para quienes frecuentaban la zona.
Poco a poco comenzaron a referirse al lugar como el mercado “del Vapor”.
Y el nombre prendió.
Lo que pudo comenzar como una simple referencia popular fue cobrando tal fuerza entre los habaneros que, con el paso del tiempo, terminó desplazando prácticamente el nombre original de Mercado de Tacón. Desde entonces, para generaciones enteras, aquel lugar quedaría definitivamente ligado a un nombre mucho más sencillo y popular: la Plaza del Vapor.
En la madrugada del 6 al 7 de septiembre de 1872, un voraz incendio destruyó el famoso mercado, dejando aquel lugar prácticamente convertido en una plaza a la intemperie. Ante esta situación, se decidió habilitar un mercado provisional en el antiguo Campo de Marte —actual Parque de la Fraternidad— mientras se construía uno nuevo en el mismo sitio donde se había levantado el anterior.
Pero cuando aquel mercado renació, ya llevaba consigo el nombre que los propios habaneros habían escogido para él: Plaza del Vapor.
La reconstrucción del mercado corrió a cargo de Eugenio Rayneri y Sorrentino, quien utilizó estructuras de acero y soluciones constructivas mucho más modernas, convirtiéndolo nuevamente en uno de los grandes centros comerciales de La Habana.
La nueva edificación constaba de una planta baja, entresuelo y piso alto, con un portal en todo su perímetro. Los soportes eran pilares cuadrados con pilastras dóricas adosadas y destacaban, por la belleza de su diseño, las barandas de hierro forjado de los balcones del piso alto y del entresuelo.
Allí continuaría desarrollándose, durante décadas y a lo largo de la etapa republicana, aquel extraordinario universo de comerciantes, compradores, pequeños negocios, conversaciones, encuentros y personajes populares que formaba parte inseparable de la vida de la capital.
El 2 de julio del año 1918, la Plaza del Vapor dejó de funcionar como mercado de abasto y consumo y los vendedores se trasladaron a los terrenos de la desaparecida estación de trenes de Villanueva, donde se construiría después el Capitolio Nacional.
Con el tiempo, la antigua Plaza volvería a ser mercado, sin contar que sus portales nunca dejaron de serlo. Los ocupaban pequeños locales donde se expendían frutas, mariscos, pescados, zapatos, sombreros y otros productos, así como otros negocios dedicados a los servicios, mientras que los pisos superiores se destinaban a viviendas.
En 1947, tras el cierre del Mercado de Colón, sito en la llamada Plaza del Polvorín, que comprendía la manzana entre las calles Monserrate, Zulueta, Ánimas y Trocadero, los comerciantes de aquel lugar fueron realojados en el interior de la Plaza del Vapor.
Para comienzos de los años 50, la Plaza del Vapor seguía contando con numerosísimos negocios; entre ellos, destacaban los de venta de billetes de lotería.
Ya para esa época, la parte alta del antiguo mercado se había convertido en una enorme ciudadela, albergando a casi 200 inquilinos.
Trágico final de un gran coloso
Con el inicio de la etapa revolucionaria en 1959 comenzó el capítulo final de la antigua Plaza del Vapor.
Debido al descuido y la falta de mantenimiento, la edificación sufrió un profundo deterioro, por lo que la máxima dirección del país decidió la demolición del histórico edificio con el propósito de utilizar aquel privilegiado espacio urbano para un nuevo proyecto. Se concibió entonces la construcción de viviendas destinadas a las familias más necesitadas y la misión fue encomendada a Pastorita Núñez, al frente del Instituto Nacional de Ahorro y Viviendas (INAV), quien ya había ganado fama por asumir algunos de los más ambiciosos proyectos habitacionales impulsados durante aquellos primeros años de la Revolución.
El proyecto contemplaba la construcción de un gran edificio que llevaría el nombre de América Latina y que se anunciaba como el más alto de ese continente. Los niveles superiores estarían destinados a viviendas, mientras que la planta baja albergaría pequeños comercios de diferentes tipos, conservando así, al menos en cierta medida, la antigua tradición comercial de aquel lugar.
El inicio del proyecto fue anunciado con bombo y platillo en los principales periódicos de la época.
Pero la realidad terminaría siendo muy diferente.
El antiguo coloso desapareció y el anunciado edificio no pasó del proyecto y nunca llegó a ocupar su lugar. Con el tiempo, se concibió allí un parque con áreas de estacionamiento aledañas, llamado primeramente “América Libre” y luego renombrado como “El Curita”, en honor a Sergio González, uno de los combatientes del Movimiento 26 de Julio caídos durante la lucha revolucionaria.
Así desaparecía físicamente uno de los mercados más famosos que tuvo La Habana.
Epílogo
En la actualidad, de aquel famoso mercado habanero, símbolo en diferentes épocas de modernidad, comercio y orgullo de la ciudad, apenas quedan fotografías, documentos y, sobre todo, los recuerdos de quienes tuvieron el privilegio de conocerlo.
Pero quizás lo verdaderamente importante sea comprender que la Plaza del Vapor no fue solamente un edificio.
Durante más de un siglo fue parte de la vida de La Habana.
Por sus corredores caminaron generaciones enteras de cubanos. Allí se escucharon pregones, se discutieron precios, se compartieron noticias, se hicieron amistades, se cerraron negocios y seguramente también comenzó más de una historia de amor.
Hoy, aquel espacio, ubicado en pleno corazón de la ciudad, ofrece una imagen muy diferente. El paso de los años y el continuo abandono han terminado convirtiendo el lugar en uno de esos rincones de La Habana donde resulta difícil imaginar el esplendor y la intensa vida que existieron allí en otros tiempos.
Quizás por eso vale la pena recordarlo.
Porque cuando desaparece un mercado como aquel no desaparecen solamente sus paredes, sus columnas o sus comercios. También se pierde una parte de la memoria cotidiana de una ciudad y de las generaciones que le dieron vida.
Espero que este relato haya despertado tu curiosidad por conocer esos lugares icónicos de La Habana que, de una u otra manera, estuvieron profundamente vinculados con nuestra historia gastronómica.
Este ha sido solamente el comienzo.
En próximas entregas de Los Mercados de mi Habana continuaremos nuestro recorrido por otros famosos mercados de la capital, cada uno con su propia historia, sus personajes, sus curiosidades y, seguramente, más de un secreto que valdrá la pena descubrir.
Si este viaje al pasado te ha resultado interesante, te invito a estar pendiente de nuestra próxima publicación y, como siempre, a compartir tus recuerdos y experiencias en tus siempre valiosos comentarios.
Para leer la versión en inglés, visite esta página.











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